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PLANTA CERO
El ascensor se abre con un leve susurro metálico. Dos chicas salen, miran a cámara apenas un segundo, como si supieran que alguien las observa. Las puertas se cierran. Silencio. Se abre de nuevo. Son ellas otra vez, pero ahora llevan bolsas negras, impolutas, con un logotipo que destaca bajo la luz fría. Sonríen, aunque sus ojos no acompañan. Las puertas se cierran. Cada vez que el ascensor vuelve a abrirse, algo cambia: más bolsas, la misma marca repetida, el mismo gesto ensayado. El pasillo parece más estrecho, la luz más pálida. Como si el edificio respirara. Como si el ascensor no subiera ni bajara, sino que repitiera el mismo piso una y otra vez. Y en cada apertura, la sensación de que no estamos viendo un anuncio… sino una advertencia.